viernes, 5 de junio de 2009

Carrera

- Yo tengo mi arma, ya no salgo así no más sin ella, usted sabe, en cualquier lugar a uno lo pueden cuadrar, sino, hago mis disparos al aire para ahuyentarlos.

El sexagenario conductor le empezó así a relatar su historia. Teniendo como testigos el sucio trapito rojo sobre el tablero de su destartalado Nissan, y un par de historietas de espagueti western que tenía delante del timón, continuo su relato mientras conducía bajo la garúa fina de la mañana fría.
- yo estuve en lista negra, por andar detrás del Abimael, un día le tomé una carrera a un gringo, que iba a hacerse su examen psicológico para sacar licencia de portar armas, y me estaba conversando, me sacó su cuete y me dijo que lo acababa de comprar, que si quería cualquier día me podía enseñar a disparar. Yo me reí en su cara, abrí mi guantera – mientras repetía el mismo gesto – y le saqué mi carnet – mostrándoselo al circunstancial cliente. Estuve veinticinco años en el ejército, le dije, y he manejado de todo, desde smith and wesson’s hasta UCI, pasando por FAL’s, M´s, hasta que por fin pude conseguir mi Lugger, la alemana, nueve milímetros. Esa la ando hasta ahora. Es que fui un huevón. Habiendo estado en zona roja, pasé a destacarme en Lima, donde me retire de la carrera militar, y cuando pasé al retiro entregué todas mis cosas. Un día me encuentro con el negro Canterac y me dice “¡Negro!, ¿entregaste tu arma?”, “si” le dije y luego “eres un huevón, esas vainas no se entregan, después, ¿cuando te cruces con un rojo cómo vas a hacer? Tu sabes que nos tienen marcados, por andar allá arriba arrinconándolos y estar detrás del jefe de su jauría”, con el tiempo me cruce con el Negro Quiñónez, el Negro Landauri, el Cholo Crespo y sus comentarios iban siempre por ese lado. Yo me resistía, no quería cargar cuete, hasta que un día me atracaron, les hacía una carrera a dos chicas que regresaban del aeropuerto, flaijostes creo que les dicen, ¿no?, bueno, una de ellas bajaba cruzando el puente, en Carmen de la Legua y en eso que se baja, en eso que suben dos cunchesusmares, y a la que había bajado la volvieron a meter adentro, uno me colocó el fierro en la nuca y me hicieron dar la vuelta en U. Entramos por Playa Rímac, era tarde de noche, felizmente a las germitas no les hicieron nada, no cargaban grandes cosas, diez soles tenía una y a la otra le quitaron su celular; a mí me quitaron la que tenía guardada para la gasolina. Me metieron un quiñe y se bajaron a la volada. Luego de eso nos fuimos para la comisaría, allá medio que se burlaron de mí, como a un verde le iban a pasar estas cosas. Yo me aguantaba no más, tombitos monses me decía, ya los hubiera querido ver allá donde estuve metido tantos años, fácil se hacían la pichi todititos ellos. Las flaquitas estaban empinchadas, se habían empecinado a acusar a los tombos de conocer a los choros y no ir tras de ellos. Yo creo que no tenían nada que ver. Iba distraído, sin embargo, no pudo dejar de prestarle atención. Su vehemencia al narrar el relato lo iba capturando. De ahí conseguí mi fierro – continuó – ya me habían ofrecido una UCI, pero era demasiado grande, verás, de esas que tirar ráfaga y tiro por tiro, a los nuevos los entrenamos con esas, unos señores cuetes. Pero ¿qué voy a andar haciendo luz con ese cañón?, me meten bala de frente antes de sacarlo. Cómo la cagué, no debí haber devuelto mi arma, tenían razón mis patas de la promo, esas cosas no se devuelven. Vaya a usted a saber cuando lo estarán marcando a uno. Sin ánimo de ofender ni ser cortante le indicó que se bajaba en la esquina de la izquierda. ¡Vaya! hasta acá no más, ha sido bueno conversar con usted, ya no se encuentran buenos conversadores en esta época. Un esbozo de sonrisa medio forzada se dibujo entre la comisura de sus labios y ensayó un adiós con ribetes de hasta luego. ¡Yo vivo en Barcelona! Por ahí que le hago otra carrerita otro día vecino – se despidió mientras arrancaba su Nissan amarillo.

Mientras veía al carro alejarse por la pista gris, no dejaba de preguntarse de qué trataban esas dos historietas. Cruzó la pista.

5 comentarios:

Vida dijo...

Me dan dos ataques seguidos si un taxista me cuenta que tiene un arma en el auto, seguro me bajo corriendo, no se, las armas me dan panico. Una vez iba por la javier prado en el asiento trasero de un taxi y por la ventana del auto del costado iba un patin enseñando su arma, y no era ningun agente de seguridad, quede catatonica, no pude articular palabra por un buen rato.
Coco, me perdi un poquito entre los parrafos sin puntos aparte. Ya se, quiza fue para graficar al viejito conversador, mas bien monologador, que ni escuchaba al posible interlocutor.

alborotada dijo...

no soy de buscarle conversa a los taxistas....
me gusta mirar la calle y mas bien cuando me hablan empiezo a sentirme algo incómoda....

me gustan las armas.... hace un tiempo casi me cae un balazo en la pierna x averiguar como funcionada una y desde ese momento mi fascinación x ellas aumentó.... es eso bueno???

me gustan los encontrones (de todo tipo).... el 19 nos vemos

Alborotada (au)

Pepe dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
killa dijo...

No se porqué...la frase encontron tron tron y el anciano de la historia ha hecho que recuerda el troncomovil de los picapiedra...

aLexandra dijo...

yo pude haber estado en ese taxi y no me di cuenta!

en todo caso me pasó algo similar.

cuando era un poco más pequeña (estaba en alguno de mis primeros ciclos) una vez estaba en extremo tarde para alguna clase.

como a mí no me gusta(ba) llegar tarde decidí tomarme un taxi y como ni a cañones me iba a pasar media hora sola con un señor taxista, en una de esas primeras veces yendo en taxi, le pedí a quien trabajaba en mi casa que me aocmpañase ("por favooooooooooor")

nos subimos al primer taxi que llamé, porque me pareció que tenía "cara de buena gente" y porque no nos iba a cobrar tanto.

ella y yo conversábamos (o tal vez mirábamos por la ventana como alborotada) y en algún momento (o tal vez fue desde el inicio) el taxista nos empezó a contar su historia:

que había asistido a un instituto técnico, que era experto en refrigeradoras, que trabajó en sears, que trabajó en una empresa exportadora (o importadora, creo que da lo mismo) que usaba grandes contenedores que mantenían frescos a los productos, que lo despidieron y por eso trabajaba de taxista, que estuvo casado, que era celoso, que casi mata a su mujer, que ella lo echó de la casa, que se divorciaron, que ella se mudó, que la odiaba y la seguía queriendo al mismo tiempo.

ah sí, eso nos contó. y nosotras nos quedamos por taradas o por estupefactas (que en este caso viene a ser lo mismo) hasta que nos dejó en la puerta de la universidad.

"un gusto señoritas. sus nombres?"
"yo soy... Sandra y ella es Carolina"
"un gusto pues. hasta luego, que tengan una buena semana"